Hoy es el Día Internacional del Libro. Otra de esas fechas señaladas con las que nos premia el calendario a traición y cuando menos nos lo esperábamos. Concretamente, y visto que en España los lectores habituales dicen ser un 40% de la población (algo que yo no me creo ni harto de vino), la festividad de hoy es para muchos como una especie de Día de Todos los Santos, que es el momento anual que se ha designado para recordar al muerto aquel que se dejó olvidado por el camino el día en que se compró la tele de plasma… Así que salen todos esos ciudadanos en procesión a hacer la buena obra al respecto y, tal día como hoy, se dedican a colapsar la librería más gorda que encuentran para comprarse el último tomo de Dan Brown o regalarse cualquier ídem. Fin. Y de esto a acudir todos en masa a los cementerios para honrar a los difuntos –que una vez al año no hace daño- tampoco hay mucha diferencia, digo.
Aunque, bueh, para ir al cementerio al menos nos dan un día no laborable.
Eso sí, se venden flores, tal día como hoy. A espuertas. Para muchas librerías, hoy es el día del año en el que más papel se vende. Se venden miles de libros que luego no serán leídos, y se venden siempre los mismos, los de siempre. Porque el pastel del veintitrés de abril se lo comen los grandes puntos de venta, las grandes editoriales y los grandes autores. A los mindundis que nos parta un rayo, total nosotros no estamos en esto, aunque seamos los que más necesitamos que nos concedan una oportunidad. No somos mercado, no le importamos a Tom Hanks, ergo no pintamos nada en un día tan señalado como el que nos atañe.
Así las cosas, me la trae al fresco que hoy sea el Día Internacional del Libro: esta es otra fiesta mercantilista más, y, puestos a hacer caja, yo apuesto a que hoy tampoco voy a vender un solo ejemplar de mi novela. Me envuelve la borrachera de literatura popular cuando veo al vecindario en pleno festejo, comprando y regalando libros por doquier, y no puedo evitar el acordarme de nocheciega, que es el día del año en el que todo está permitido y en el que se vende más alcohol que nunca, que es lo que toca. Luego vendrá la resaca y alguien tendrá que recoger los platos rotos, pero eso ya es otra historia; esta matraca va a ser la definitiva y mis conciudadanos tienen que hacer los propósitos de año nuevo, a ver si así se enmiendan y se reconcilian con el viejo y olvioxidado hábito de la lectura. Hacen promesas de leer libros para el próximo mes de agosto y luego archivan el acopio de papel acometido en el presente ejercicio anual de hipocresía programada, esta vez de índole cultural.
Porque, aunque no leen una mierda, cuando les preguntan en las encuestas a pie de calle siempre dicen que están leyendo algo o saben qué quieren responder a la pregunta del millón: «¿Cuál es el último libro que te has leído (del pleistoceno a esta parte)?»
En este mundo en el ser lector es sinónimo de ser aburrido y ser escritor es sinónimo de ser un freak sin talento y muerto de hambre, todo este rollo de celebrar el Día Internacional del Libro comprando es otra maniobra tontuna: hoy es la nocheciega cerebral, todo vale, hasta leer. Hoy puedes ir por la calle con un libro y nadie te mirará raro. Hoy es el día ese en el que molan las librerías, y todo. ¡Feliz año nuevo a todo el mundo! ¡Que no decaiga!
Escuchando:
Anti-Government – I disappear
