"Espera veneno del agua estancada.”

                              William Blake

Sin techo

Clasificado en la/s categoría/s Humor, Literatura, Pulp con fecha 29/04/2008 por Emilio

biblio.jpg

A la izquierda de la foto, obra de Jesús Vidal, se ve la biblioteca de mi barrio. Me trae buenos recuerdos, porque yo me crié en ella, se podría decir.

Ya sabes. Hay niños que son criados por la televisión, niños que van madurando en la calle a base de patear sus balones, niños que se desarrollan mientras matan marcianos en los recreativos de la esquina y niños que no sabrías decir dónde demonios consiguieron su educación. La educación es algo que se nos ha ido devaluando, lo mismo que la imagen pública de las bibliotecas. En Canadá dicen que las bibliotecas públicas son sólo los “sitios donde los sin techo van para asearse y disfrutar de la calefacción”. En la novela de Ajvide Lindqvist dicen que la biblioteca de la ciudad de Estocolmo es poco más que el local en cuyos lavabos se han reunido desde siempre los pervertidos en busca de ligue. Y en Castellón la biblioteca municipal me vio crecer a mí.

Recuerdo que salía del colegio y me metía en la sala de lectura infantil hasta que la cerraban. Me pasaba la tarde entera allí con tal de no parar en casa. Supongo que mis padres me lo consentían porque por aquel entonces papá estaba jodidamente enfermo y mamá cuidaba a la abuela o criaba a mi hermano, de pocos meses. El ambiente familiar me parecía tan triste que, como los sin techo, me tuve que meter en algún sitio. Y tuve la suerte de ir a dar con mis -doscientos- huesos en la biblioteca.

Lo que pasa es que a mí los lavabos y la calefacción tampoco me parecían tan importantes, porque yo era otra clase de pordiosero. Yo no quería guarecerme del frío ni quería cagar. Yo lo que quería era desaparecer, y lo cierto es que había venido al sitio adecuado para hacerlo. Al fin y al cabo, leer es desaparecer.

Recuerdo que al principio leía tebeos tontunos. Algo había que hacer para pasar el tiempo y en aquel momento lo cierto es que yo tampoco daba para más. Entonces me cogió por banda una funcionaria aburrida, y descubrí que la única cosa que puede resultarle más peligrosa al ciudadano medio que un semáforo en azul es una funcionaria aburrida: llegó aquella señora con su papada de dos metros y me encasquetó una edición ilustrada de “Jim Boton y Lucas, el maquinista”. Y ahí es cuando la jodimos. De Michael Ende pasé a Road Dahl, luego a Edgar Allan Poe y de “La narración de Arthur Gordon Pym” fui directamente a la cárcel de la literatura sin pasar por la casilla de salida, arrancando en segunda. Me saqué el carné y empecé a llevarme libros, a llevármelos a casa primero y a clase después.

A clase, sí. Porque un día amanecí harto de la vida escolar y me planté a las nueve de la mañana en la sala de lectura para adultos, dispuesto a hacer pellas por culpa de Ursula K. Le Guin; pero aquella señora de la papada de dos metros no quiso ni oír hablar de tenerme todo el puto día suelto por el edificio y optó por enviarme de una patada al colegio, también directamente, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar -¡eh!- los 20.000 dólares canadienses.

monofig3.jpgEso sí, los libros me los prestó. Me los llevé al colegio y me los despaché entre el recreo, el comedor y las clases, descubriendo en el proceso que los chavales que leen se vuelven invisibles y que leer es algo que puedes hacer en casi cualquier sitio. A las cinco de la tarde volví a plantarme frente a la mesa de la señora de la papada de dos metros para devolverle los libros que me había prestado ocho horas antes, y no me creyó cuando le dije que ya los había leído.

Tendría que haber visto mis notas, por aquella época.

Para cuando terminé primaria ya me conocían todos los funcionarios que trabajaban en el edificio. Algunos hasta me saludaban del susto, si me veían pedaleando junto a la playa de Benicàssim, en verano, cuando el complejo cerraba sus instalaciones. La mayoría de aquellos trabajadores todavía me reconocen hoy, y eso que han pasado dos décadas desde mis tiempos de colegial. Me consta que uno de ellos nos está leyendo justo ahora. Hola, Pau.

Tras aquellos años de escolarización básica llegaron mis días de bachiller y empezaron a crecerme las greñas, la barba y las malas pulgas, pero la biblioteca no cambió de sitio, sino de función: en 1990 pasó a ser el sitio a donde iba yo a fumar a sabiendas de que nadie me iba a pillar, salvo la señora de la papada de dos metros, que ya estaba hasta el coño de ir de madre conmigo. En aquella época me estuvo recetando a Bukowski y a Carver, hasta que empecé a traerme los libros de fuera. Comencé a aterrizar por allí llevando tochos de apuntes y de manuales en inglés, y así fue como me hice ingeniero.

Y a eso me refiero cuando digo que me crié en ese edificio. Como diría Stephen King si fuera un sin techo canadiense: the books made the place and the place made me.

Dejé de ir por la biblioteca en cuanto los libros que decidí leer ya no los querían ni ver en desiderata. Primero, sin techo que soy, busqué refugio en la biblioteca del campus y luego, tras casarme, me monté una biblioteca en mi propia casa.

Porque tu casa es donde están tus libros.
O eso dicen.

¿Y a qué viene todo esto?

A que estoy muy en contra del préstamo de pago en las bibliotecas públicas.

Me opongo firmemente a la directiva 2006/115/CE, que grava el préstamo de libros a las bibliotecas públicas imponiendo un canon por esta actividad. La medida introducida a través de la Ley 10/2007 de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas dificultará severamente el acceso de todos los ciudadanos a la literatura, a la cultura y a la información. Ése es el sentido que le reconocen instituciones como la IFLA (Federación Internacional de Asociaciones Bibliotecarias) y la UNESCO.

Bukowski dijo, en uno de sus mejores poemas, que se salvó de ser un mal tipo gracias a la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Yo no tengo ni un ápice de su genio, pero lo cierto es que sí que he tenido la misma suerte que él. Y apuesto a que no soy un caso tan raro.

También apuesto a que el sistema pronto dejará de producir individuos como yo. Estoy seguro de que dentro de pocos años ya no quedarán bibliotecas verdaderamente públicas. De que pronto quedará privatizado el acceso a la cultura, censurado por la barrera del precio.

Entonces llegará la hora de los malos tipos.
O la de Internet. ¿Quién sabe?

Escuchando:
Sub Dub Micromachine – Road to nowhere

Youtube Icon