"Espera veneno del agua estancada.”

                              William Blake

Mi placer es tu dolor

Clasificado en la/s categoría/s Cine, Terror con fecha 20/06/2008 por Emilio

Uno de los principios básicos de la psicología del consumidor es éste: somos hedonistas. Tratamos de defender nuestros estados afectivos positivos y de mejorar los negativos. Nacemos, crecemos, consumimos y morimos para ver si conseguimos sentirnos primero bien y luego mejor todavía. Por eso nunca tenemos bastante con nada.

Entonces nos metemos en el cine, pagamos una pasta gansa por una entrada y unas palomitas que nos permitan ver Saw y, hale, allá vamos: obtenemos “dos horas de miedo, malestar, terror y depravación”, citando al grupo de investigación en conductas de consumo de la Universidad de Chicago, cuyo último análisis del mercado del ocio vamos a valorar en este artículo mío de hoy.
Oh, sí. Porque el pasado mes de octubre se hicieron públicos los resultados de las investigaciones de estos señores, que han escrito un brillante paper que pretende averiguar porqué demonios nos gusta ver películas de terror. El ensayo lleva por título “On the Consumption of Negative Feelings” (Acerca del consumo de sentimientos negativos) y, a grandes rasgos, concluye derribando las dos principales teorías que los psicólogos han estado fraguando durante los últimos años cada vez que alguien les preguntaba porqué la peña se divierte tanto -y cada vez más- pasando miedo, y pasándolo mal, en el cine.

Concretamente, las explicaciones que los psicólogos barajaban a la hora de justificar el éxito del terror en la industria del entretenimento eran estas dos:

  • No sentimos miedo alguno. No lo pasamos mal viendo gloriosas escenas como ésta. La respuesta emocional que experimentamos al consumir terror es positiva, es arousal; básicamente, placer hedonista.
  • Acudimos buscando el aftermath, el contrapunto. Queremos aliviarnos al ver los créditos, regodearnos en el placer que supone perder de vista el mal rollo acojonante que despliegan ante nosotros. O sea, que lo que tenemos en la cabeza mientras vemos cómo desguazan a la novia del prota en 16:9 es algo así como “…y ahora yo me refocilo mirando como le arrean tropocientos hachazos a la chica de ese pavo mientras la mía masca tranquilamente sus palomitas en la seguridad de la butaca de al lado”.

Pues bien, están mal las dos teorías. Ninguna parece ser correcta, a tenor del estudio de dieciocho páginas en inglés que os vengo a resumir. Parece ser que, tras pagarle quince dólares por cabeza a medio campus para estudiar sus reacciones emocionales antes, durante y después de la proyección de clips seleccionados (ahora te pongo un trozo de “El Exorcista”, ahora cuatro minutos de “Friends”, ahora te suelto un fragmento de “Salem’s Lot”), los firmantes del estudio este concluyen leyendo un corolario como este de aquí:

  • paper.jpgNo somos caracoles. Nuestras reacciones emocionales profundas no se dividen en apetitivas (de aproximación) y aversivas (de evitación). Los humanos podemos experimentar emociones extremadamente contradictorias porque, aunque el miedo sea la forma de organización más sencilla y primitiva del cerebro de los seres vivos, lo cierto es que en nuestras psiques puede activarse al tiempo que el bienestar.

Esto podríamos mirarlo en positivo y aceptarlo de buen grado.

Somos complicados. Qué raro.

O podríamos pensar que somos un colectivo psicotizado, lo mismo que el perro del skinhead de mi barrio, que me amenaza diariamente con arrancarme el cuello de un mordisco y mil ladridos furiosos sin dejar de mover la cola de contento al mismo tiempo. Nos han adiestrado en el maltrato emocional durante tanto tiempo que ya reaccionamos sintiendo placer ante el dolor ajeno y bienestar ante el propio miedo. Somos sádicos y depravados. Tenemos un desorden grave en nuestra escala emocional. Necesitamos “dos horas de miedo, malestar, terror y depravación” para sentirnos bien.

Somos lo puto peor. Cómo molamos.

Escuchando:
Tim Skold – Don’t pray

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