La industria editorial, la crítica y la opinión general tiende a ningunear a la literatura de género. Es algo habitual, históricamente aceptado y que a menudo se hace extensivo a la ciencia ficción y a la narrativa fantástica, si bien es cierto que lo más vituperado de todo es la novela de terror.
Y lo mismo pasa en el cine.
Pregúntate por qué.
Si eso, ya te avanzo yo algo: tradicionalmente, la literatura de género se comercializaba en un formato de bajo coste en el que autores de escaso talento escribían sin mucho afán, cobrando a tanto la página y para un público adolescente, y por lo tanto, iletrado. El homólogo del problema en el mundo del celuloide son las películas de Serie B, también pioneras del cine de género.
Ese, el de Weird Tales, es el estigma que todavía hoy persigue a los de mi gremio. Se nos toma por patanes de aquellos que escribían bodrios acerca de murciélagos mutantes que se apareaban con hombres lobo para engendrar hordas de arañas gigantes cuyos planes inmediatos consistían en convertir Manhattan en una ciénaga de vómitos y pus.
Lo mas frustrante de todo esto es que las cosas han ido evolucionando y, a día de hoy, la narrativa de género está situándose en un punto diametralmente opuesto al que acabo de exponer: Tolkien es el autor del best-seller más vendido del siglo XX y Stephen King es el escritor más popular del mundo en estos momentos y desde hace ya más de una década. King también es el autor que mas pasta ha hecho en este oficio, pero eso es gracias al cine. Aunque, bueh, tal vez J.K. Rowling le haya desplazado pronto, gracias a, mira tú por dónde, Harry Potter. Otro exponente del género fantástico.
Y aquí estamos los desheredados, dominando el panorama a efectos prácticos, algunas veces casi copando la demanda, pese a que la crítica nos machaca y nos destroza cada vez que se molesta en despacharnos, sea sobre el papel o sobre el celuloide. Yo todavía no he vendido ni un libro (no estaré en las librerías hasta dentro de un par de semanas), pero estoy convencido de que pronto vendrá algún figura a ponerme verde… Adelante conmigo, pues, que soy una presa fácil. Los críticos es que somos como la muerte, una mierda que, tarde o temprano, pero siempre te llega. Inexorablemente.
Lo que me gustaría es que la próxima vez que alguien se plantee descargar sus prejuicios y su mala uva sobre la narrativa de terror se pregunte qué es exactamente lo que se dispone a destrozar. La literatura de horror gótico y la de terror moderno no son ni más ni menos que una forma de arte cuyo objeto principal es producir miedo. Y el miedo es la forma de organización más sencilla del cerebro de los seres vivos, la emoción más profunda, animal y poderosa que puedes experimentar, muy por encima del sexo (hay animales que se reproducen sin sexo, pero ninguno puede sobrevivir sin el miedo), porque el miedo es el recurso más inmediato de tu instinto de conservación y, por ende, la emoción de la que depende tu vida… y la única que puede matarte por si sola. El miedo también es la base de todo sistema político y, junto con la culpabilidad, el pilar fundamental de todas las religiones.
Somos miedo, poco más y poco menos. Trabajar con algo tan intenso y tan potente como eso no es algo que pueda acometer cualquier autor y debería estar reservado para los más audaces. Escribir una novela de terror es algo durísimo, un auténtico órdago literario, una apuesta muy comprometida en la que te lo juegas todo a ver si eres capaz de provocarle al lector una suerte de emociones que jamás experimentará en la vida real. Y buena prueba de ello es que si no produces miedo producirás risa.
Pregúntate por qué.
O sea, que desde donde yo veo todo esto, los míos son los mejores. Así de claro. Quien no lo vea es porque no quiere, o porque nos tiene miedo. O tal vez porque no sabe lo que se siente cuando tratas de conjurar estímulos emocionales insólitos, intensos, e imposibles en la vida real mientras el resto de escritores se limita a contarle a su procesador de textos cosas que bien podrían estar pasándote a tí, que también tienes una vida, pero que nunca verás un fantasma, porque los fantasmas no existen… pero el miedo que producen es absolutamente real.
Escuchando:
Rob Zombie – Dragula
