Son muchos los que creen ver en el señor que sale en la foto de hoy, un tal Thomas Ligotti, a una especie de Lovecraft moderno. La comparación me resulta aceptable, dado que ambos norteamericanos se consideran autores de literatura de terror y sus respectivas obras coinciden en el gusto por lo clásico, la fijación por lo onírico, un lenguaje deliberadamente barroco, un cierto impulso poético y una obsesión por la evitación del miedo explícito, del que se reniega en favor del uso de métodos más sutiles.
Esto último ya dijo en su día el maestro de Providence: “Nunca describas un horror si puedes limitarte a dejarlo entrever”. Y parece que el aforismo va creando escuela, porque la industria ha encontrado en Ligotti a otro escritor capaz de destilar miedos terribles sin abordar frontalmente el objeto que los produce. Lo cual, aunque no lo parezca, es una técnica demoledora, porque hace que el terror parezca tan terrorífico como que es mejor ni afrontarlo. De modo que no intentes entenderlo, pronunciarlo, saberlo… La estrategia, finalmente, deriva en un miedo al miedo. Y temer al temor mismo es algo tan intenso y enfermizo como que, para algunos, tiene sus nombres propios: pánico o, si me apuras, fobofobia.
Los parecidos no terminan ahí, no. También tenemos que Ligotti pasa por ser un tipo raro, endiabladamente raro y mentalmente problemático, casi tanto como Lovecraft. Ligotti ha tenido fases agorafóbicas y problemas con substancias estupefacientes, ha sido internado en diversos sanatorios mentales, es un depresivo crónico… en definitiva, el drama habitual en los de mi gremio; salvo que Ligotti, colmo de los colmos, es tan raro que, siendo uno de los autores de narrativa de terror más interesantes del mercado actual, no existe forma alguna de contactar con él: no tiene agente ni editor, y no se sabe ni dónde ni cómo vive. Baste con decir que Poppy Z. Brite, uno de los grandes nombres de la literatura de horror moderno, llegó a tener que escribirle un prólogo para poder dar con él, y ni así. Otro ejemplo alucinante lo cuenta la editorial que acaba de traducir su obra al castellano, que estuvo tratando de dar con Ligotti durante tres años, sin conseguirlo.
Todo esto puede parecer una excentricidad simplona, pero en un panorama literario repleto de gente que va perdiendo el culo por firmar contratos editoriales y conseguir traducciones, un señor con esta actitud tan hostil es más raro de ver que un pulpo en un garaje. Se ha llegado hasta a decir que Ligotti era un pseudónimo bajo el que había estado firmando Stephen King. Vivir para ver.
Yo a Ligotti, freak que soy, lo descubrí comprando sus originales en inglés, así que cuando me dijeron que La Factoría de Ideas iba a traducir a Ligotti a la lengua de Cervantes me eché a temblar. En parte porque el dominio de Ligotti sobre la lengua inglesa me parece apabullante, y en parte porque nuestra editorial en Arganda del Rey, un sello al que los aficionados a la literatura de género debemos mucho, no se distingue precisamente por la calidad de sus traducciones. Total, que alguien me dijo que -aunque han hecho falta tres traductores distintos- finalmente ha visto la luz una edición digna de La Fábrica de pesadillas, la principal antología de relatos de este señor… Y yo, aunque tarde, porque el título ya lleva unos meses a la venta, vengo a dar fe de que el libro merece francamente la pena y estoy seguro de que hará las delicias de los aficionados al horror gótico sobrenatural sobrecargado. Así las cosas, os lo recomiendo.
Oh, y una cosa más… La Fábrica de pesadillas hasta incluye un relato homenaje a H.P. Lovecraft y alguna mención a los Mitos de Cthulhu, lo cual basta y sobra para redondear las similitudes entre estos dos genios. Ahora bien, aviso importante: Ligotti no urde historias, no trabaja las tramas. Él sólo escribe relatos atmosféricos de difícil lectura y en los que, a menudo, no sucede apenas nada, salvo un mal rollo acojonante.
Escuchando:
Richthofen – Blut der Pferde
