El otro día, haciendo chat con algunos de los habituales de este sitio, alguien me hizo una pregunta bonita, pero a la que no pude responder, cortesía de mi proveedor de Internet que de un tiempo a esta parte me trae de cabeza.
¿Por qué tenemos miedo a la oscuridad?
La pregunta puede parecer una perogrullada, pero no lo es, la cosa tiene su miga. El miedo a la oscuridad resulta lógico, dado que la ausencia de luz encubre a lo desconocido, y el miedo a lo desconocido es uno de los más intensos. Esto es porque, evidentemente, la oscuridad no permite trabajar a nuestro sentido de la vista, y una privación sensorial como esa genera severos trastornos en nuestra conducta, dado que somos animales sensitivos y que buena parte de nuestro cerebro está al servicio de la vista… que, por cierto, resulta imprescindible para la caza, habilidad fundamental para la supervivencia de nuestra especie hasta hace cuatro días, momento en que nos pusimos a cazar en el Carrefour, también empleando los dos ojos que tenemos en la cara y poco más.
Oh, y hablando de caza… nos hemos pasado milenios empleando la vista para huir, para escapar de nuestros depredadores, qué demonios. Si no podemos ver un carajo es que estamos indefensos, carajo.
Y hasta ahí, lo obvio. Pero hay algo más, algo mucho más antiguo.
Resulta que el que le tenemos a la oscuridad es un miedo atávico, ancestral. Viene grabado a fuego en la ROM de nuestros cerebros. Salimos de fábrica, sí o sí, con ese miedo instalado en los genes. Es algo que nos hemos traído de cuando nos pasábamos el día entero subidos a los árboles, enroscando nuestras colas peludas en las ramas lo mismo que los monos aulladores del zoo, de los tiempos en los que la oscuridad albergaba a los depredadores. Estamos programados para ir hacia la luz, lo mismo que las polillas. Tenemos fototropismo positivo, somos diurnos, mal que nos pese a algunos. De modo que, por mucho que te autocontroles y domines, lo cierto es que te tienes que sentir forzosamente empujado a evitar los sitios oscuros. Tú puedes negarlo y razonarlo, pero a tus sesos les asiste la sabiduría varios miles de años, y ellos saben que las tinieblas esconden cosas terribles y eficientes, que muerden con dientes muy afilados, con dientes que están hechos para masticar gente como tú.
Llegados a este punto de mi discursito de hoy, podemos ponernos a hablar de oscuridad y simbolismo, de como hemos sido educados para aceptar la metáfora de que la oscuridad representa todo lo malo y la luz es el mejor invento de nuestra historia desde que las hogueras espantan a las fieras, y todo eso. Pero ahí ya me bajo yo, que a mí lo que más me asusta últimamente es la factura de Iberdrola, que de un tiempo a esta parte parece instarme amablemente a que me instale en una caverna y recurra a una fogata para iluminarme mientras escribo.
Escuchando:
L’ame immortelle – Phoenix
